Els clatells ben pelats.



“Mi padre era un buen hombre.

Era peluquero militar.

“Clatells pelats” –decía siempre él. “Els clatells ben pelats”. “A un home s’el pot mesurar per com té de rasurat el clatell”.

Él, en cambio nunca tenía la nuca rasurada del todo. Siempre tenía un poco de pelusilla brotándole cómo hierbajos salvajes. Era un buen atleta.

Boxeaba.

Bueno. No. Era un patán como deportista, un boxeador horroroso. Pero sus contrincantes siempre se dejaban ganar porque les caía muy simpático. Y porque mi padre sabía que era un patán y no se arriesgaba demasiado, también.

Un buen hombre. El mejor peluquero de todo el ejército. Sabía todo lo que hay que saber de un hombre sólo con mirarle la nuca. Cuando yo volvía de la escuela lo primero que hacía era palparme el cráneo y sabía si me había portado bien o mal y si tenía que castigarme o no. Te juro que no sé cómo lo hacía, pero siempre acertaba. Era rápido. Era un peluquero muy rápido. Era capaz de pelar medio centenar de reclutas antes del primer mordisco del desayuno. Y ni una gota de sangre.

Nunca hería a nadie.

Y no es porque fuera buen peluquero, que lo era, y mucho, es que él era muy buena persona. Se escondía para que no le vieran, y lloraba como un infante, si desatinaba con la tijera y del roce con la piel podía abrir una herida que dejase brotar la mitad de media gota de sangre. Por eso le gustaba tanto beber, porque era un hombre muy sensible.

Cómo lloraba mucho tenía que beber mucho.

Y antes de beber agua, como era bueno pero no era tonto, pues prefería beber vino. Cuando llegaba por la noche a casa estaba rojo, sudaba tinto, y dejaba tras él un camino de pelos cortos y pequeños como hormiguitas en fila india. Nos tocaba el cráneo a todos, creo recordar que éramos seis hermanos, pero sólo me castigaba a mi.

Seguramente yo era el más pequeño.

Eso sí, y de eso sí que me acuerdo, por la noche, cuando todos los demás estaban durmiendo, se sentaba al lado de mi cama y me contaba un cuento.

Era un gran narrador.

No. Como narrador era un patán, era imposible entender dos frases seguidas de lo que decía. Pero, contando historias, era simpático.

A su alrededor revoloteaban cachitos de pelo minúsculos como mosquitas de basura, y desprendía un olor a vino tan fuerte que yo me emborrachaba tan sólo de respirar.

Tal vez por eso me dormía tan feliz cuando era un niño.

Porque, sí, de eso sí que me acuerdo.”