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De musas y constructores de torres de cerillas



El joven aprendiz de arquitecto se despertó una vez al lado de su musa y se sintió con fuerzas para acometer su primera gran obra.

Se aisló y puso todo su empeño en construir una enorme catedral gótica.

El joven aprendiz de arquitecto dedicó cada columna, cada vidriera y cada escultura al recuerdo de su musa, esperando que llegara el dia en que terminara su primera gran obra y se la pudiera mostrar. Y pudieran despertar juntos dentro de aquella catedral.

Cuando terminó de colocar la última piedra, el joven aprendiz de arquitecto acudió al encuentro de su musa, ilusionado como un niño que sale del colegio llevándole a su madre un posa-velas de cerámica.

Cuan grande fue el desengaño del joven aprendiz de arquitecto cuando descubrió que su musa ahora se despertaba al lado de un constructor de torres de cerillas y había perdido todo su interés por las enormes y barrocas catedrales góticas.



Fueron dos las heridas que sufrió el joven aprendiz de arquitecto:

Una en su inseguridad. ¿Como se sostendría ahora que su musa le había abandonado?

La otra en su vanidad. ¿Como podía ser que su musa prefiriese iluminar un vulgar constructor de torres de cerillas pudiendo regalar su luz a todo un arquitecto de catedrales góticas?

Las sabias palabras del maestro de la logia fueron reveladoras:

"El destino de toda musa es abandonar a su artista cuando este ya ha encontrado fuerzas para enfrentarse a su obra."



Así pues, el joven aprendiz de arquitecto asumió la pérdida de su musa, pero ahora a su alma le atormentaba una nueva inquietud:

¿Debía buscar nuevas musas o aprender a crear sin necesitarlas?

Como no obtenía respuesta, el joven aprendiz de arquitecto decidió dejar de preguntarse y dedicarse a lo que mejor sabía hacer:

Empezó a construir una nueva catedral.





Ilustraciones de Seiichi Hayashi

De musos y bailarinas de la corte



Hace muchos años, el joven aprendiz de arquitecto dudaba de su vocación.

Así que decidió ser lo más parecido que había a ser un arquitecto sin serlo.

Decidió ser muso.

Buscó entre su entorno y encontró a una bailarina de la corte, la mejor y la más bella de todas, a la que inspirar.

La bailarina de la corte estaba encantada con su nuevo muso y se entregó a él.

Le bailaba a todas horas, y su arte creció como la espuma de una cerveza mal servida.

La bailarina de la corte bailó ante los más poderosos reyes y en los mejores salones, convirtiéndose en la más célebre bailarina, dedicando cada delicado movimiento a su muso.



Hasta que llegó un dia en que la bailarina de la corte también dudó de su vocación. Abandonó la corte y con ella, entristecida, a su muso. Aprendió a arar la tierra y se convirtió en agricultora.

Pasaron muchos años y un dia la agricultora empezó a añorar sus días de bailarina de la corte. Su cadencia había ganado en terrenalidad, pero lejos quedaba la inútil belleza de su danza.

Entonces recordó a su muso y fue a su encuentro.

Pedro este, a su pesar, no pudo inspirarla más. Porque, para entonces, se había convertido en el joven aprendiz de arquitecto, tal y como ahora lo conocemos.







Ilustraciones de Seiichi Hayashi