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Que la linterna de Lisícrates me ilumine.

Me prometí a mi mismo mantener una periodicidad semanal en este blog, pero me ha pasado todo el primer semestre de la temporada por encima, como un tanque. Es que escribir es muy difícil. Pero precisamente por eso me decidí a recuperar el blog, como una gimnasia semanal con la que mantenerme en forma pase lo que pase. 

He estado los últimos días en Atenas, con motivo del Athens Short Film Festival, donde se había programado Sushi. A pesar de dedicarme unos días a pasear entre las ruínas clásicas y las contemporáneas que conforman la geografía de esa ciudad grave y melancólica, la ansiedad con la que estoy terminando el año (estoy esperando respuestas de pruebas que he hecho como actor y un festival al que hemos presentado Esmorza amb mi) me hacía dedicarle más tiempo del deseado al móvil, y así pude enterarme de un cierto debate que se ha generado estos días en mi sector: ¿Se sobreexplica el teatro catalán? 

Empatizo totalmente con la susceptibilidad de los colegas que tienen sus obras en escena y se pueden sentir aludidos, porque cuando estrenas te quedas en un estado de desnudez espiritual que te deja desprotegido ante cualquier cosa que pueda parecer una opinión desfavorable, pero me parece una pregunta muy pertinente, y agradezco que sean los periodistas y cronistas culturales quienes se atrevan a hacerla en público, porque no es su opinión lo que realmente hace su trabajo relevante, sino su capacidad de aportar un contexto y generar un debate que ayude al público a formarse una propia, lo más fundamentada posible. En todo caso, si no ponemos el ojo en los procesos de producción las respuestas que podamos encontrar siempre quedarán cojas. ¿Es posible para los creadores tratar temas con profundidad cuando el modelo de producción termina siendo para algunos privilegiados el de levantar (escribir, producir y/o dirigir) tres obras al año (más una serie o lo que surja, etc.)? ¿Hay espacio para la sutileza o las contradicciones cuando se evita, desde teatros privados (si es que existen) y públicos, incomodar o incluso expulsar a un público que imaginamos conservador, porque ese es el público que entendemos que va a sostener económicamente nuestros proyectos? ¿Como podemos pedir a autores y dramaturgos que expriman su talento y nos ofrezcan las miradas más complejas sobre los temas que invocan si tienen que escribir sus obras en un tiempo muy limitado por los ritmos que el mercado impone? 

Para hacernos una idea, le dediqué tres años de mi vida a adaptar El día del Watusi a un texto teatral. Por supuesto que hice otras cosas en el intervalo, pero el tiempo de maduración del material original y de escribir y re-escribir no podía ser menos si no quería traicionar mi autoexigencia. No cobré ni de guasa lo que ese tiempo de trabajo implicaba. De hecho, hace unos meses me propusieron adaptar otro texto literario. Después de mi experiencia watusiana (que no dejaba de ser un proyecto de pasión), fui muy claro con el productor que me ofreció el trabajo: Solo lo haría por un sueldo que me asegurara un mínimo de seis meses de trabajo focalizado, pero asumo que el dinero que implicaría eso está fuera del mercado. Así que supongo que le ofrecerán el trabajo a otra persona, que espero sea capaz de hacer algo a la altura de la pieza original, una novela excelente, sin terminar regalando una dosis extra de su tiempo demasiado grande. Lo dicho, escribir es muy difícil, y más en esas condiciones. 

Tal vez por lo difícil que resulta escribir y lo expuestos que están los dramaturgos, como medida defensiva, en nuestro pequeño país estos han logrado protegerse de una manera que imagino que ayuda a su salud mental pero que a veces no acaba de servir para que las piezas literarias estén del todo alineadas con las necesidades escénicas del espectáculo al que deben de sostener. Mis colegas británicos, por ejemplo, me comentan que sus obras no están terminadas del todo hasta que no acaban los ensayos de las primeras producciones de sus textos, ya que es durante la fase de montaje cuando terminan de hacer los ajustes con los intérpretes, dirección y el resto del equipo creativo. Estoy seguro de que eso ayuda a que las piezas sean mucho más poliédricas, más ricas. Recuerdo una obra que dirigií a partir de una novela que debía de adaptar una dramaturga, el proyecto era un encargo para los dos y, viniendo como vengo del cine, di por hecho que los cambios en el texto que el proceso de ensayos nos pediría de forma natural serían comprendidos y aplicados por la escritora. En cambio, me encontré con una negativa frontal a lo que entendí que ella leía como una injerencia en su trabajo. El problema, además, es que no venía a los ensayos y no era consciente de lo que nos funcionaba y lo que no, no veía con sus propios ojos que lo que había escrito duraba mucho más de lo que los productores esperaban que durase el espectáculo y no era testigo de como los intérpretes se peleaban con un texto que no les daba seguridad, y cuando se le proponía (desde la distancia) cambios y cortes, su posición no daba lugar al debate: “Yo te puedo hacer sugerencias en la dirección, de la misma manera que tú me puedes hacer sugerencias en el texto. Pero al final escribiré lo que yo quiera.” Al final tiré por la tangente y cambié yo mismo lo que no funcionaba e hice la edición necesaria, preferí tener un conflicto con una autora lejana que dejar el marrón a unos actores que tenían que defender el montaje en cada función. Y la entiendo, porque vuelvo a lo complicado que es escribir y como te deja en un lugar muy delicado. Pero el teatro, al menos como yo lo entiendo, es algo vivo que se encuentra a sí mismo en la sala de ensayo. Por eso se me hace muy extraño que un autor que espere fidelidad máxima a su texto no participe del proceso de trabajo de una manera cotidiana. 

Como comentaba antes, en el cine esto cambia de manera radical. Lo cuál no lo hace más fácil para el escritor, sea como sea sigue siendo un trabajo que pide una dosis alta de masoquismo. Cuando he escrito cine, y lo llevo haciendo desde que tengo 19 años, ya ha llovido un poco, siempre me he encontrado con que opinaba de mi texto hasta el portero del edificio donde se encuentra la productora. Hacer una película es algo tan caro que los que sueltan (o gestionan) la pasta van a intentar que haya el mínimo margen de error posible, y eso pasa, primero de todo, por el guión. El problema es cuando quién opina no tiene ni idea de lo que es un guión, o sencillamente su idea está muy lejos de la tuya. Por eso, como suele suceder, lo mejor es trabajar para gente cuya opinión, sensibilidad y gusto respetes o, incluso mejor, admires. 

Ahora mismo estoy trabajando para unos de los mejores productores que he tenido nunca. Pero aún así me encuentro escribiendo con el peso de un encargo muy claro: Quieren mi universo, mis inquietudes y mi mirada, pero me piden algo que pueda ser “accesible”. En un primer momento esa demanda me cayó como una losa, ¿qué es accesible? ¿Accesible para quién? No hay nada más horrible que escribir para un fantasma que no conoces, pero a quién le das el poder de que tu proyecto pueda o no financiarse. Al final, una script doctor apasionada e inteligente, de nombre Neus Rodríguez, me dio la respuesta que necesitaba para poder trabajar sin esa espada de Damocles afilada sobre mi cabeza: Accesible es aquello que es comprensible. Y ese es el mantra que me repito, mientras exprimo mis miedos, mis heridas y mis anhelos en el tratamiento que me dedico a desarrollar en el apartamento de mi amigo Eurípidis, en el centro de Atenas, mientras me acompaña un canal de la radio pública llamado Kosmo Jazz. “Accesible es aquello que es comprensible”. Y mientras suena la bellísima trompeta emotiva pero no por ello menos "accesible" de Chuck Mangione. 




En uno de esos reels que Kinótico publica en instagram con extractos de sus mesas redondas, el guionista de una de las películas más accesibles de este año que termina lanza esta categórica sentencia: “Hay muchos guionistas, pero hay pocos guionistas puros.” Hostia. Ahora sí que la hemos jodido, porque si soy algo es un guionista totalmente impuro. Cuando yo empecé a escribir en formato guión, en el siglo pasado, apenas había escuelas de guión, así que me dediqué a leer mucha teoría (de Syd Field a García Márquez, de Sánchez Escalonilla a Linda Seger, de Aristóteles a Christopher Vogler) y muchos guiones que llegaban a mis manos de las maneras más peregrinas (aún recuerdo los vendedores callejeros de guiones que había en Broadway a finales de los noventa, que te vendían guiones como el que vendía tripis con la cara de Bart Simpson). Así que me creé mi propio canon, siguiendo unas reglas a las que sigo siendo fiel a día de hoy, pero que creo que no comparto con nadie más en el planeta Tierra. Por ejemplo, decidí que el sonido iría en cursiva porque así lo vi en un guión de Scorsese o de Schrader (ahora no sabría decir). No me he encontrado jamás con otro guionista que siga esa misma convención. Pero, tozudo como soy, yo no me bajo del caballo. 

Como autodidacta, vendí un par de guiones, uno de ellos se llevó unos cuantos Goyas, y luego me tiré de cabeza al teatro porque ahí podía tener más control sobre los procesos, y porque los tiempos estaban cambiando y el cine de clase media con el que yo me había formado empezaba a quedarse en la cuneta. Seguí escribiendo de vez en cuando para el audiovisual, y veía como la mayoría de los guionistas nuevos que aparecían venían de escuelas, como los productores cada vez más descartaban leer guiones y se iba popularizando el ritual publicitario del pitching. También empezaron a crecer labs como setas, cosa que tiene su lado positivo en que permite que muchas voces menos hegemónicas encuentren un canal, pero que paradójicamente puede terminar homegeneizando los puntos de vista. 

Es cierto que las películas que me han enseñado a escribir y a amar el cine no son fruto de laboratorios, pero también es verdad que cada época y contexto tiene sus procesos establecidos para desarrollar guiones. Y que, sea como sea, siempre va a ser un puto rompecabezas sentarse a desarrollar una historia para una película en negro sobre blanco. Y que una buena película que deba de salir al mundo encontrará su manera, sea como sea. O al menos más nos vale creer que es así. 

Mi motor es entender la vida. Escribo porque el mundo me supera y mi curiosidad me desborda, porque necesito encontrar un sentido a todo lo que me turba, me desconcierta o me ilusiona. Por eso todas esas mecánicas más cercanas a la venta que a la exploración me son tan ajenas, y me hacen sentir profundamente inseguro. Evidentemente soy un obseso de la estructura, y la he investigado del derecho y del revés, seguramente para compensar mi falta de base académica, pero incluso eso me gusta que sea lo más invisible posible. Los diálogos, que parezcan improvisados. La estructura, que parezca accidental. La vida se me antoja un caos y no me gustan los guiones que pretenden darle un orden artificioso. Los guiones “bien construidos” no me interesan, y menos en estos tiempos de IA. Lo que le pido a un texto, ya sea teatral o cinematográfico, es que dialogue con la vida, con la máxima honestidad e inteligencia posible. Y el camino que he encontrado para acercarme a ese ideal es la obsesión. Cuando un guión me acompaña en la vigilia y en el sueño es cuando siento que estoy alineado, es cuando por fin puedo confiar. 

Si siempre me he sentido un intruso en general, como autor no va a ser menos. Solo puedo acogerme a que he escrito algunas cosas que han funcionado, pero asumo que igualmente cada vez que me enfrento a un nuevo proyecto tengo que demostrar que soy capaz. A mi mismo por mis inseguridades, y al mundo en general porque no trabajo desde lo estándar, porque de hecho la naturaleza misma de mi búsqueda creativa es cuestionar lo establecido. 

Escribir es una búsqueda profundamente íntima, y eso se da de bruces con lo mercantil y con el juicio ajeno. Solo si escribo desde la vulnerabilidad soy capaz de mantener la fe. Esperar que mi vulnerabilidad conecte con la vulnerabilidad ajena, y que ahí en ese triunfo sobre la soledad ambas se hagan más fuertes. 

Y así me descubro ante la linterna de Lisícrates, en el barrio de Plaka, a pocos metros del Partenón, un monumento erigido en honor a Dionisios, orando en silencio ante el Dios que más se acerca a mi credo, pidiéndole que me ilumine en el desarrollo de el texto que tengo entre manos, porque allí donde no llegue mi confianza solo podrá llegar mi fe.

I wish it could happen to me . (6 de 6)

El Viajero visita, algo ciego aún, al Sin Patria y le pide pegarse una ducha. El Sin Patria accede con un gruñido.

Cuando sale de ducharse, el Sin Patria sigue meditando.

El Viajero le pregunta si eso le sirve de algo.

“God is an evil motherfucker. – responde el Sin Patria -And I bet you even his breath stinks like shit. But he’s the boss. And you have to suck the boss’s cock, either you like it or not. That’s the way it is. So that’s why I meditate, I’m sucking God’s cock hoping he acknowledges me. And sometimes he does listen. And sometimes he even gives me what I ask him for. Sometimes he does. But I gotta suck it real hard.”

El Viajero se va a la Estación del Norte y pide billeta para el primero que salga hacia el destino que sea. Portugal, por ejemplo.

En el autobús, El Viajero parece triste.

Finalmente, las lágrimas, que llevaba guardando desde hace días, brotan de los ojos del Viajero.

Buscando calmarse, El Viajero se pone a meditar, como vio hacer al Sin Patria.

El Viajero se concentra con fuerza.

Cuando abre los ojos, El Viajero descubre, sentada a su lado, una (posible) Nueva Redentora.

En ese momento, algo hace que El Viajero tome conciencia de ser el personaje de una historia. Y eso no le molesta, y tampoco le alegra. Pero le libera un poco.

Y de eso se trata, ¿no?
















(fin)

I wish it could happen to me . (5 de 6)

Finalmente La Redentora y El Viajero se despiden.

Él la deja en la cama y se prepara para marcharse.

La Redentora, pequeña, tímida, casi desamparada le sugiere al Viajero que se quede, que tal vez se esté precipitando pero le gustaría estar más con él.

“You are a sad boy.- le dice- I’d love to make you happy.”

Él dice que debe irse, aunque nunca ha oído a nadie decirle algo así y le emociona.

Tal vez sea una locura, pero ella le promete ir a verle muy pronto a su ciudad. No quiere acompañarle. No le gustan las despedidas.

A la salida, El Viajero se cruza con La Madre y se despide de ella. Al darle dos besos siente algo así como un escalofrío.

El Viajero sale a por el Autobús que le lleva al aeropuerto.

En la parada, El Viajero se sienta.

Anochece y El Viajero no sube al autobús.

Decide volver a casa de La Redentora...

Al volver, El Viajero descubre a La Redentora besándose en el portal con El Grunge Bajito. Es de noche.

El Viajero se quiebra por dentro. No sabe lo que siente. Marcha de allí corriendo. Se pierde en la noche y se emborracha. Por suerte, lleva dinero en el bolsillo para gastar.



En un bar, El Viajero descubre al Mentiroso, que está explicándole la historia del “Espíritu del Rickshaw” a otro Pobre Incauto al que seguramente pretenderá robar.

El Viajero compra un paquete de tabaco y se lo fuma entero mientras les espera fuera del bar. Una vez El Mentiroso y el Pobre Incauto salen, El Viajero se interpone entre ellos con rabia y acaba pegándole una paliza algo al Mentiroso, quién intenta defenderse diciéndole que “I didn’t take your passport, man. At least I didn’t take your passport!”.

El Viajero no deja de golpear al Mentiroso hasta que empieza a ver sangre.

El Viajero coge todo lo que El Mentiroso lleva consigo, incluído algo de éxtasis o algún alucinógeno similar.

El Viajero acaba viendo el amanecer en La Barceloneta, colocado de lo que fuera que llevaba El Mentiroso consigo.

El agua sucia.

Las gaviotas comiendo.

Los guiris.

Hay algo bello en todo eso a pesar de todo.

El Viajero se siente diabólico. Y eso le gusta.

I wish it could happen to me . (4 de 6)

A media tarde, El Viajero se despierta y sale en dirección al Locutorio, a ver si por fin recibe noticias de Casa. La Redentora le acompaña y le dice que puede quedarse unos días más si no encuentra a su familia. Ella parece feliz.

El Viajero por fin localiza a su Casa. Le compran un billete de vuelta. Saldrá mañana. La reacción del Viajero no es tan entusiasta como cabría esperar.

El Viajero le dice a La Redentora que marchará mañana.

Ella responde besándole.

El Viajero y la Redentora pasan las últimas 24 horas de él en BCN en la cama.

Hablando...

Haciendo el amor...

Riendo...

Jugando...

Dibujando...

Contando sus secretos más íntimos...

Ella le canta “After hours”, de la Velvet Underground.



If you close the door
the night could last for ever.
Leave the sunshine out and say 'hello' to never.
All the peolple are dancing and they're having such fun,
I wish it could happen to me
but if you close the door
I'll never have to see the day again.

If you close the door
the night could last for ever,
leave the wineglass out
and drink a toast to never.
Oh! someday I know someone will look into my eyes
and say 'hello'
you are my very special one.

But if you close the door
I'll never have to see the day again














(continuará)

I wish it could happen to me . (3 de 6)

El Viajero y La Redentora conversan. Ella chapurrea el inglés, pero lo suficiente para entenderse. Ella dice que le ha visto antes, y le pregunta si viaja solo. La conversación transcurre con una extraña comodidad, como si se conocieran de hace mucho tiempo, como si compartieran un secreto que ninguno de los dos conoce aún. Ríen. Y cuando ella ríe él piensa que todo este viaje parece haber merecido la pena. Y cuando él ríe siente que hacía siglos que no reía y no se había dado ni cuenta.

La Redentora invita a El Viajero a un concierto en un bareto llamado Big Bang o Bada Bing o Bongo Bong o algo así. Allí toca un grupo de rock ruidoso liderado por un Grunge Bajito. Parece convencido de su papel de front-man de banda post-adolescente.


Nitch on live @ Monasterio 9/1/10

NITCH | MySpace Music Videos


El Viajero siente un orgullo extraño al observarle, sea lo que sea lo que la vida espera de él, tiene la certeza, por más arrogante que suene, de que será algo mucho más elevado. En algún momento podría parecer que el Grunge Bajito le hace un gesto cómplice a La Redentora.

Al amanecer, tras una noche de baile y risas, La Redentora le pregunta al Viajero donde piensa dormir, y al saber del robo le invita a su casa. Él, por hacerse el caballero, le dice que no hace falta, que buscará un hostal, pero no insiste mucho, al menos no tanto como ella. Así que los dos van a casa de La Redentora, que vive con su Madre delante del puerto.

La Redentora y su Madre viven en el piso de arriba, gozan de una terraza privilegiada. Allí se encuentran con la Madre, que ha terminado de desayunar y se fuma un buen canuto de marihuana. La Madre invita a su hija y al invitado a sentarse con ella. La Redentora accede pero prácticamente no dirá nada en toda la conversación, se limitará a encender el ordenador y poner una playlist de La Velvet Underground.

La Madre invita al Viajero a fumar y le habla de su trabajo de enfermera. Le dice que en algún momento ha probado todas las drogas que ella misma prescribe, ya que considera que lo más ético es conocer de primera mano aquello que va a pedir que tomen los demás. Es una mujer con ojeras marcadas y voz arrastrada.

La Redentora apenas hace nada, sólo pone una canción: “If you close the door”, cantada por la melancólica voz de Edie Sedgwick. Al final, por mucho que La Madre hable, esa canción es lo único que El Viajero escucha.

Es de día, pero La Redentora decide que hay que dormir un poco y lleva a El Viajero a su cuarto. Allí, ella duerme en la cama y él en un colchón del suelo. Están agotados. En duermevela, él echa un último vistazo a la chica y siente que el futuro es desconocido y prometedor. Se pregunta si era esto a lo que El Mentiroso se refería con “El espíritu del Rickshaw”.

I wish it could happen to me. (2 de 6)

El Viajero, desde un locutorio, llama a su Casa a cobro revertido. Por lo visto, parece no haber nadie al otro lado de la línea. El Viajero deja un mensaje: Que por favor enciendan el teléfono o se dejen encontrar, necesita un giro de dinero o algún tipo de ayuda para poder volver.



El Viajero se busca la vida como puede. Torpe, aprendiendo, inseguro, desubicado... Y muy hambriento. No quiere ir a la Comisaría ni a la Embajada ni nada por el estilo, tan sólo quiere comer algo y pasar las horas que tenga que pasar antes de que escuchen el mensaje en su Casa y le ayuden a volver. Por las calles del Raval Norte, se dedica a pedir dinero diciendo que ha sido robado y que necesita comer algo. Es la verdad, pero si nos lo dijera a nosotros no le creeríamos. De alguna manera, El Viajero tiene cierto reparo en reconocérselo a si mismo, pero hay algún cierto placer masoquista en la situación en la que se ha encontrado. Es consciente de que en unas horas habrá localizado a su Casa y volverá al confort habitual, con sus miserias y sus certezas. Pero ahora, por un breve espacio de tiempo, está sintiendo el desarraigo total. Y ese era, de hecho, el motivo de su viaje. Aunque esté siendo una experiencia dolorosa, El Viajero parece haberse desembarazado por fin, temporalmente, de la placenta pequeño-burguesa con la que, como angry young man, vive en complaciente rebelión.

En medio de su recién descubierta actividad de mendigo, El Viajero cree ver a La Redentora. Le acompaña una mujer que podría ser su Madre. Intuitivamente, se esconde al verla, aunque no la conoce le avergonzaría que ella le viera así. De todos modos, La Redentora cruza una mirada con él. Una mirada de curiosidad. Una mirada con hambre, como él, pero tal vez otro tipo de hambre.

La aparición del Sin Patria, un guiri cincuentón malcarado y de aire resentido, interrumpe el escondite del Viajero. Le interroga para saber si es verdad su historia de que ha sido robado y necesita algo de dinero mientras no localice a su familia. Sin perder su actitud huraña, el Sin Patria le ofrece dinero a cambio de limpiar y pintar un piso que está hecho una pocilga. Le pagará una cantidad considerable de euros si hace bien su trabajo.

Efectivamente, el Sin Patria lleva a El Viajero a un piso lleno de roña y descuidado, en una calle tipo Joaquín Costa. El Sin Patria es el dueño, se lo tenía alquilado a unos jóvenes artistas que eran unos cerdos. Ahora quiere vivir él allí, puesto que ha tenido que vender sus otros pisos por la Puta Crisis. Esta ciudad se está haciendo imposible hasta para los que, como él, no necesitan trabajar para vivir.

El Viajero se encuentra con una tarea titánica, pero la lleva a cabo. Decide que nunca ha hecho un trabajo tan duro en su vida, y que le vendrá bien para el futuro, cuando se independice y tenga que arreglar su casa. Piensa en que, si algún día se echa una novia como La Redentora y se van a vivir juntos, podrá asombrarla con su pericia como pintor, y explicarle que aprendió en una situación tan peculiar como la que está viviendo ahora. Mientras trabaja, el Sin Patria cocina algo y le invita a comer.

Más tarde, El Viajero ve como el Sin Patria se sienta en el balcón y se dedica a meditar, ajeno a cualquier tipo de ruido exterior.

Finalmente, El Viajero termina su trabajo y cobra la suma acordada. Se despide del Sin Patria, que no abandona su actitud amarga, por mucho que haya meditado.

El Viajero, ya con dinero, llama a Casa desde el mismo Locutorio. Para su sorpresa, sigue sin tener respuesta. Al menos, con el dinero que tiene en mano, podrá sobrevivir unos días mientras insiste en localizar Casa.

Lo primero que hace El Viajero tras salir del Locutorio es ir a la Boquería y allí come un poco más. Puede que esta sea la comida que mejor le haya sabido en toda su vida.

Luego, finalmente, se compra una camiseta de La Velvet Underground en una tienda del Raval Fashion.

El Viajero se toma un café en una terraza y se fuma un cigarro. En ese momento de descanso y saciedad, recuerda al Sin Patria y su meditación. Piensa en cómo le fascina la gente que es capaz de empezar su vida de cero en un país lejano. Se pregunta si él sería capaz. Y en ese momento sucede el milagro:

La Redentora interrumpe sus cavilaciones, le entra con la excusa de llevar ambos una camiseta de la Velvet Underground.

“Bueno-le confiesa ella-, yo es que siempre llevo una camiseta de la Velvet Underground”.
















(continuará)

I wish it could happen to me (1 de 6)



En la parada de Liceo, salen del metro El Viajero, cargado con una mochila gigante, y El Mentiroso, con una mochila más pequeña.

El Viajero es alguien de fuera, tal vez de algún lugar más primermundista que el nuestro. Tiene 20 años a lo sumo. No es un ángel, tampoco un demonio, pero podría llegar a ser ambas cosas. Está terminando su viaje. Pronto volverá a casa. Barcelona será su última parada. El Mentiroso es diez años mayor, autóctono, por ahora parece un tipo de fiar, es pequeño de estatura y hay algo hipnótico en su mirada, como la serpiente del Libro de la Selva. Se han conocido en el tren, viniendo de Francia.

El Mentiroso le explica su epifanía del “Espíritu del Rickshaw”:

Una vez, en un país asiático, al cruzar la frontera, corriendo hacia un autocar que partía inmediatamente y que debía coger si no quería pasar la noche a la intemperie, cogió un rickshaw para que le llevara más rápido. Allí sentado se fumó un cigarro con el conductor y se sintió más libre que nunca. El horizonte era virgen. Pero era el horizonte que él había escogido. Todo lo que le esperaba era esperanzador, aunque el futuro fuera desconocido él lo miraba sin un ápice de desconfianza. La libertad pura debe de ser algo así.

“You know what the secret is for a good traveller? The secret for never getting off the rickshaw? Never go back. –le dice El Mentiroso – A good traveller never goes back.”

El Mentiroso propone a El Viajero ir a tomar unas cervezas. Le invita a dormir en su casa, así se ahorrará los euros del hostal. Pero antes quiere sentarse en la Rambla del Raval a beber servesa-bier y fumar algún que otro canutillo. El Viajero ya se ha hecho casi toda Europa en tren, lleva poco más de un mes vagabundeando. Es su primer gran viaje en soledad. Ha pasado más tiempo venciendo sus miedos y su alienación que realmente disfrutando de ser errante. Pero tal vez ya haya aprendido a desenvolverse un poco mejor. Al principio del viaje no le era tan fácil establecer una conexión como alguien como El Mentiroso. Puede que El Mentiroso, que aún no sabemos que es un mentiroso, sea la prueba de que El Viajero ya se ha graduado como tal.

Desde la lejanía, sentado en un corro en el suelo de la Rambla del Raval, mientras el grupo de gente con el que El Mentiroso y él se han sentado habla con un latero, El Viajero ve por primera vez a La Redentora. Es una chica espigada y alegre.

A El Viajero, definitivamente, le gusta esta chica, pero piensa, al verla, que tal vez empiece a ser más feliz si entiende que hay mujeres que no están hechas para él, y La Redentora parece definitivamente una de ellas. También se fija en que lleva una camiseta de La Velvet Underground, más tarde ella le confesará que todas sus camisetas son de La Velvet Underground.

Al cerrar los bares, El Mentiroso lleva a El Viajero a su casa. Se disculpa porque vive en un sitio algo cochambroso, pero le confiesa no haber pasado una buena época con el tema hogar, los pisos cada vez están más caros en Barcelona. De hecho, antes de entrar le pide que le espere en la esquina, guardando las bolsas de ambos. El Mentiroso quiere ver si alguno de sus compañeros de piso está y avisarle de que va a llegar con alguien. “They’re special people” le avisa. Vuelve al rato y le dice que no hay nadie en casa y que podrán dormir tranquilos.

La casa del Mentiroso es un piso en la calle San Ramón o cercanías, más bien parece una casa okupada, no tanto por squatters como por gente buscavidas. No está limpia y tampoco parece haber muchas pertenencias. En todo caso hay colchones y la compañía del Mentiroso no deja de ser agradable, se echan unas risas antes de dormir. El Viajero se pregunta si algún día él abandonará todos esos pesos que le hacen la vida tan compleja y conseguirá ser tan ligero como su recién conocido amigo.

El Viajero se despierta zarandeado agresivamente por Un Ogro que parece un superviviente del ala más chunga del jevimetal, intoxicado sicóticamente por una dosis elevada de alcohol y cocaína. Al Ogro no le hace ninguna gracia descubrir este extraño durmiendo en su casa, le increpa en castellano, idioma que El Viajero no comprende, a lo que se le añade la sorpresa para este de descubrir que no queda nada del Mentiroso, ni de las pertenencias de ambos. Apenas puede descubrir, bajo la almohada, su pasaporte. Entre gritos, golpes e insultos, El Extranjero entiende que ha sido robado por El Mentiroso y que es persona non grata en esa casa.

El Ogro echa a El Viajero de la casa, dejándole en medio de una calle de putas y traficantes, sin dinero y sin nada, perdido en una ciudad extraña.

El Viajero llora de desconsuelo, pero sus lágrimas se quedan dentro.







(continuará)

Tarde de primavera en Fez.



-The mind separates us from animals.

-I don't know, my friends are mostly animals.

-You know, all evil in the world, is a punishment for our sexual deviances.

-What do you mean?

-What do I mean? Katrina, for example. You know hurricane Katrina? Why do you think god gave us the Katrina?

-I don't know. Why?

-Because of gay people.

-You think so?

-You like gay people?

-I don't care.

-What is good with gay people?

-I'll tell you one good thing, for instance. The more gays there are around, the easiest you can score with women. If all man are gay, all the women are for you, my friend.

-There is only one God, my friend.

-There is only one?

-Yes, Allah. That is the one God. Allah.

-And Allah gave us the Katrina because of the gays? He's not very nice, is he?

-Allah gives us rules to live by. If we don't follow them he can punish us. Like pig, for instance. Allah says we don't have to eat pig because pig is impure.

-I don't find pig impure. I find it pretty yummy, actually.

-Let me ask you a question. Where do you want to go when you die?

-I don't know.

-You don't know?

-Life is pretty hard at the moment. I'll see when I die.

-You have to choose. Where do you want to go, my friend? Heaven or hell?

-I want to go where the people I love are.










-I see you are organizing a showing of MILK, the film by Gus Van Sant.

-Yes, I haven't seen it yet. My friend says its wonderful.

-It's pretty brave to show it around here, isn't it?

-Well, people know what we are about. We'll have to make some adjustements with some sensibilities, but it's ok.

-Do you find some parallelisms with the plot in the film and the situation around here?

-I don't know, I'll have to see it.

-Yes, of course.

-But, you know? This is a very special moment. You know I met my arab boyfriend on a gay website? Things are happenning here in Fez. I don't know if we're talking about big things or about small things. But things are happenning and it's very exciting to be a part of it.













-Where are you from?

-I was born in France.

-Where were you raised?

-I was raised in Paris. But I've been travelling for a while. And now I'm here, in Morocco.

-Where have you been travelling?

-Well, I have been living for two years in Afganistan.

-Afganistan?

-Yes.

-How come? I mean, of all the possibilities...

-I had the chance to chose anyplace. I chose Afganistan. I worked there as a manager in a French Restaurant. It was hard. I once saw a bus explode and thirty people dying. Well, I didn't count them, I kow there were thirty because I read the paper the next day. Children and all. But I guess I needed a change. I was having a hard time in Paris.

-Women?

-No.

-Drugs?

-Yes.

-So to kick off drugs you go to Afganistan, huh?

-I figured if I could survive that I could survive anything.













-Hemos visto amapolas por aquí. Voy a plantar unas pocas. A ver si en un tiempo puedo volver y encontrar opio. Ahora vengo.










Las fotos las han hecho Paul Biehn y Omar Chennafi. Las fotos se me han desordenado un poco, así que no sé de quién es cuál. Perdonen las molestias.

Alaikum Salaam.

Me quedan 20

"Estoy en la estación de autobuses de Udaipur, rodeado de bocinazos y más bocinazos. Pasa un perro con la señal tan característica de la frente, en color verde.

Creo que estoy empezando a dejarme poseer por el espíritu del viaje.

Esta será mi octava noche. Me quedan veinte.

(...)



Ayer por la noche me encontré a la Canadiense al dirigirme a la puerta de mi habitación en la Guest House. Ella acababa de llegar. Ilusiona encontrar alguien con quien charlar en esas noches solitarias. Y casi siempre hay alguien.

Nos sentamos ante el, medio seco, lago y comí un poco mientras conversábamos.

Hocico con hocico, amigo, todos los que viajamos solos por la India buscamos algo, o bien huimos de algo. La Canadiense, C., es una higienista dental que planea viajar hasta noviembre sola por este país, hasta que se encuentre con su novio con el que se irá a Bali. Tiene veintiocho años y huye de un aborto y el duelo que le causó. De eso hace medio año, aún busca una serenidad que le cure.



(...)

Por la mañana, desayunando con C., teníamos delante dos chicas de Austria que cotorreaban en ese idioma pijo que es universal en todas las lenguas. Se unieron a la conversación; resulta que una de ellas, la más guapa, con cara de niño travieso, pendientes de perla e impostado entusiasmo, había descubierto esa mañana que la habían aceptado en una escuela de arquitectura de interiores en París. La otra, su amiga, le felicitaba con esas muestras de alegría tan clásicas de las teleseries adolescentes norteamericanas. Lo dicho, un par de pijas.

C. las invitó a venir con nosotros al Templo del Monzón. Decidí seguir el hilo, al menos sería más económico así.

Las tres juntas se convirtieron en el epítome del guiri occidental neo-colonialista, arrogantes, agresivas y desconfiadas, discutiendo con los chavales de los Rickshaw, a la defensiva sin ningún tipo de clase.

Yo iba con ellas.


Es curioso, C. parecía una muchacha minimamente sensata, hasta que se mezcló con estas dos y se unió a su raza ciega, sorda y muda.

Juntas se dedicaban a hablar de lo mucho que compraban y lo que ahorraban con una impunidad que me violentaba. Es verdad que todos estamos en el mismo barco, los guiris, los turistas, los "foreigners", pero este grupito hacía una ostentación que me confirmaba que no estamos tan lejos de la época de las colonias y los indios sumisos: "Yes, sahib, yes, sahib."

El rickshaw nos llevó hasta lo alto de la montaña, después de varios rifirafes. Tal vez me lo invento, pero no me costaba adivinar la mirada silenciosa de humillación en los ojos del conductor, a disgusto de tener que tratar con cierto tipo de gente, obligado por cultura y por economía a no responder al "agravio".


El templo del Monzón es un compendio de piedras descuidadas, lo que en su dia fue un palacio suntuoso de marajás es ahora una letrina gigante con una excusa de museo de fotos de animales como coartada. Se adivina el pasado lujoso entre vapores de orín, que es uno de los olores clásicos de este país.

Lo pensé nada más llegar a Udaipur, mirando al lago desde lo que en algún momento debió ser un templo o una fortaleza o algo similar. La construcción humana, las grandes aspiraciones, habían caido por su propio peso, y ahora las plantas, salvajes, dominaban el lugar, vacas escuálidas, insectos, basura, lagartos, y el lago que crecía y decrecía a sus anchas. India, toda ella, es el Jardí Abandonat que Rusiñol buscó toda su vida.

Un policía que había estado observandome un buen rato desde otra torre, indolente, con varios amigos estirados y perezosos, terminó por decirme con amabilidad que yo era not allowed de estar allí, rompiendo mis ensoñaciones. En este país hasta la autoridad militar practica la cortesía.


Volviendo al Palacio del Monzón, desde arriba de todo podía ver como la niebla se apoderaba con parsimonia del verde de Udaipur. Mi mente no quería dejar de entretenerse con estrategias profesionales.

Abajo podía ver un grupo de jóvenes del que destacaba un muchacho de bigote espeso y atuendo parodicamente occidentalizado: Gafas de sol, camiseta de Slayer y móvil de última generación del que sonaba pop negro yanqui. Una rara avis. El único imitador occidental que he visto en este país donde hasta los más jóvenes actuan con respeto y deseo de pertenencia a la comunidad y a sus tradiciones. Los jóvenes me sonreían y miraban a las chicas, tan rubias ellas, tan blancas. Las chicas cuchicheaban y se reían de los muchachos, tan tercermundistas ellos.

En cuanto volvimos al pueblo huí de la "aristocracia" norte-europea y me senté a dibujar el lago y a leer un poco de Veronesi. Esa noche cogí mis dos mochilas e inicie el camino hacia Jaisalmer.

Me senté a escribir en la parada de autobuses. A mi lado, una viajera china solitaria con ese aire de desubicación que tienen todos los viajeros orientales solitarios. Delante mio, unos muchachos y un tipo embriagado que mira fijamente a la turista china como si fuera un coño volador a control remoto.



Un pequeño inciso sobre la muchachada india. Es increible lo tranquilos que son los indios en general, pero los jóvenes parecen de ciencia-ficción: No son presa de ese constante mear el territorio del que el resto de jóvenes del mundo con los que me he encontrado somos tan cautivos. No parecen competir entre ellos con esa compulsividad que tan bien conozco. Se tratan con camaradería, serenidad. Y cuando aparece una chica, las raras veces que eso ocurre, no hacen ningún concurso a ver quien la tiene más grande.

Tal vez me equivoque, pero pudiera ser que esto tenga que ver con el hecho de que saben que su futura esposa(y, por supuesto, serán monógamos(?)) será escogida por sus padres. No tienen ninguna necesidad de venderse ni de luchar entre ellos, esa ansiedad se la ahorran.



Empiezan a llegar más turistas a la estación, la mayoría rostros conocidos. Unos italianos, una de ellas una chica de mirada triste a la que regalé filtros en un roof-top, una pareja de guapos...

Pasa un perro con la señal tan característica en la frente, en color verde.

Esta será mi octava noche. Me quedan veinte."







Las fotos son del colega Quim Hugas. Puedes verlas todas aquí.

De Ajmer a Udaipur, acordandome de P.




"La chica belga desapareció al bajar del autocar en Ajmer, bajo la lluvia, en la oscuridad, rodeados del ruido de coches, bocinas, sombras aquí y allá, movimiento y ruidos apretándose entre sí. La vi meterse en su autocar, no sin cierto temor, sola, pequeña y tan desubicada como yo. Y así, ella también, desapareció.

Al poco vino a buscarme un motocarro conducido por acaso otro indio deshidratado y con bigote. "This (y le señalé el motocarro) to Udaipur?" "No. This to other bus station."

Se necesita hacer un verdadero acto de fe para subirse a ese motocarro y esperar llegar a tu destino, no solo porque no hay ningún distintivo oficial aparte de los gritos y monosílabos con los que te aturden más caras y voces de los que puedes contar, sino por el tráfico de pesadilla infernal.

Creo que comprendo la razón por la que no hay accidentes constantemente: La escasa velocidad de sus motores. No quiero ni imaginarme que podria suceder si dispusieran de más caballos de potencia.

Otro apunte curioso de su manera de conducir es que, aunque aprieten la bocina como el que respira hondo, aunque estén constantemente esquivándose los unos a los otros, no parecen agresivos. O al menos no tanto como lo somos nosotros, nosotros, en cuanto nos ponemos al volante.

En el motocarro, entre una trinchera y otra, me sentí lleno.

(...)

Mi asiento (en el autocar) parecía estar debajo de una cascada y tuve que cambiarme. (...) Hasta que no se durmieron los indios que se sentaban cerca mío no dejaron de explicarme como podían la historia de Udaipur, y de glosarme las ventajas de la monogamia hindú: "Una mujer, un hombre. Un hombre, una mujer. No diseases. Foreigners, diferent." Me lo decía un afable y entusiasta hombre, algo más redondeado de lo normal, que iba a Udaipur a buscar trabajo. Parecía un buen tipo, me supo mal mentirle cuando me preguntó por mi procedencia y mi trabajo.

Cuando por fin quedamos en silencio pude disfrutar de mi soledad. Me acordé de P. y sentí que le comprendía, a él, a su estilo de vida nómada y a sus silencios.

Me sentí feliz, más fuerte. Capaz. Estaba aprehendiendo algo.

Debo decir que incluso tuve cierto subidón.

Paramos unos minutos. Ya no llovía tanto y, de un autobús vecino, sonaban viejos temas de Bollywood, melosos, curvos, melancólicos. Detrás mio, algún compañero de autocar tarareaba acompañando la melodía."



El barbero del Rajastan

"En Lake View conocí a Daniel, un ex-pat norteamericano que lleva veinte años en Amsterdam; cuarentaytantos, juvenil, actor, solitario y extrovertido(como buen solitario), profesor de economía, locutor de radio... De alguna manera es el Papá Pitufo de los back-packers. (...)
Hay algo de los ex-pats yankis (ex-patriados, aquellos que abandonan norteamérica y se vienen a vivir a Europa) que siento cercano, son como personajes de Patricia Highsmith con el eximiente de que, normalmente, no han matado a nadie.

(...)

Con Cristian subimos hasta el templo de Savitri, empinado y rocoso. Una vez arriba bailamos con el joven de la tienda de flores: "I need a room partner. I need a room partner". (...) Cristian parece el tipo de joven que vive profunda pero sencillamente cada momento. Drástico y honesto, boca abierta y ojos fijos. (...)

Desde ahí arriba se podía ver todo el pueblo. Mientras bajábamos, una procesión de hombres y mujeres subía para su ritual nocturno. No nos saludaron. Los monos y las vacas tampoco.

Esa fue una noche de ritos. En el lago, a medianoche, los jóvenes se bañaban en uno de esos rituales que parecen más una juerga que otra cosa.

En la habitación hacía demasiado calor, y el ventilador no funcionaba. Afuera en la calle los jóvenes marchaban y gritaban cánticos. Yo fumaba y les observaba desde la protección de mi cuarto. Creo que me tiraron una piedra a la ventana y todo.

(...)

Para un turista asustado, y todos lo estamos en la India, dejarse afeitar con navaja no deja de ser un acto de valor. Ese valor sencillo que acompaña a Cristian.

Al ver que tenía público, el barbero se animó por momentos y al terminar el afeitado se esmeró en un masaje místico y sobreactuado, en el que agarraba la energía que venía del aire y se lanzaba a su entregado cliente. Daniel lo grabó.

(...)



Un rato después, los tres viajeros solitarios hablábamos de mujeres al atardecer. Era cuestión de horas que llegara ese momento.

En la avenida principal seguían marchando los peregrinos, con sus bastones y sus gritos, ninguno mayor de veinte. El sol empezaba a esconderse entre las montañas.

Daniel sonrió, pelirrojamente, y nos regaló dos velas, una a cada uno: "I didn't use these candles. I'll give them to you under one condition. Only use them if you are with a girl. And if you find it too straight forward just say you promised your friend Daniel you would do it. There is also another condition. You have to send me an e-mail telling me how and when you have used it. No details necessary. And if you two handsome young guys don't find a way to light your own respective candle I'll be very disappointed."

Tras esto, se levantó y con una inclinación de cabeza, una mano en la frente y un "namasté" desapareció de nuestra vista.

Así desaparece la gente en los viajes. Un segundo es la diferencia entre formar parte de tu horizonte y no existir para siempre mas.

Así desaparece, aunque nos olvidemos a menudo, la gente en general."

Realidad y ficcion en Pushkar.





"Creo que recordaré esta ciudad por tocar al atardecer las tablas delante del Ghat sagrado, con unos cánticos religiosos al lado, veinte o treinta ratas rodeándonos y el frenesí del DUM-THAM-THAM en espiral concéntrica; y por Mukesh también.

(...)

Ya tenía los pantalones arremangados y las chanclas puestas. Metí los pies en el agua infecta que desbordaba la calle, como un bautismo humano, demasiado humano.

Sobre un carro llevado por un viejo escuálido, imagen nauseabunda pero también liberadora, porque veía el agua desbordando de la misma manera que mi libertad me estaba desbordando a mi, pensé en algo así como que la clave de la felicidad está en tomar las decisiones acertadas, como bien diría A.

Así llegué al Lake View Terrace. Pletórico.

Mas tarde me puse a pasear buscando un buen sitio desde el cual dibujar vacas, que es lo ultimo que hice.

Me sente en un chiringo donde un tipo gordo como una gota gorda de sudor banyaba harina en una piscina de aceite. Pronto se me acerco un ninyo con un nombre escrito a boli en el brazo, MUKESH. Uno de los numerosos ninyos que te persiguen con una especie de violin rudimentario colgado tras el brazo. Pedia comida y tal, ya sabes. No debia tener mas de 8 anyos, delgado, con la dentadura en un degrade caqui haciendo resaltar una sonrisa del tamanyo de un campo de futbol. Me puse a dibujarle. Y haciendolo me vi obligado a mirarle a los ojos.

Dibujando a Mukesh, este habia dejado de ser uno mas de esa horda que me atemoriza, o a la que prefiero ignorar, o a la que ni siquiera veo, que repiten su letania de "chapati, chapati, no money, money no good for children, no money, chapati..." Y a la que tu contestas con otra que suena tal que "namaste, no, thank you, no money, namaste"; son ninyos, pero te defiendes de ellos, del dolor que te crea ver estas infinitas encarnaciones de tus hijos y de ti mismo, que son una idea, un fantasma para mis pesadillas reales, un recargo abultado en la cuenta del primer mundo o de la vida en general.

Y, en ese momento, Mukesh era solo Mukesh. Puse su nombre bien grande. Y a cada trazo el sonreia al reconocerse. Le dibujaba la verruga de la nariz y el se la tocaba, comprobando ser el del dibujo. Y reia con los trazos de las orejas, y del pelo. Y me pedia con orgullo que dibujara su instrumento.

Y hoy cuando le he vuelto a ver me ha ensenyado el dibujo, doblado en su bolsillo. Luego, claro, me ha pedido "chapati, chapati..."."



(y 2)


"En mi ultimo paseo por Pushkar me encontre de nuevo con Mukesh, que alegremente hacia sus ultimas tentativas: Dinero, mi telefono, que no me marchara...

Nos dimos la mano con fuerza y luego se fue dando saltos.

Tal vez tenga razon Pasolini: Ir por la India es dejar un rastro de naufragos(y como te la ofrecen, a la que pueden no te sueltan!) esperando salir de un barco que se hunde por momentos."







(no acentos, no enyes, no money, no chapati)

Buena mierda, hermano

Justo ahora parecía que, por unos segundos, se abría el cielo un poco. No hace frío. No demasiado, vaya.

Esta es una pequeña ciudad, limpia, seria, respetuosa. De piedra, metal y piel.






"Shake off", Hans Beenhakker.


Acabo de asistir al mejor pase de cortos que he visto nunca, una selección de la competición internacional de una calidad impactante.

Estoy conmocionado. Por un lado, como espectador he quedado atrapado y sorprendido. Por otro lado, como cineasta ha sido una lección de humildad. Este es el referente a seguir. Pasamos horas y horas viendo cortos flácidos, desustanciados, y eso nos da fuerza y arrogancia para hacer lo nuestro: "Yo lo puedo hacer mucho mejor" nos decimos.








Mompelaar, Wim Reygaert.


Pero cuando te enfrentas a trabajos que aprovechan sin excusas el máximo de sus posibilidades te das cuenta de lo mucho que queda por caminar si uno desea hacer una obra que realmente merezca la pena.

Hemos visto un corto belga absurdo y macabro, gracioso y simbólico; un corto alemán de relaciones vulgares, lo más difícil del mundo(...), salvado por su lucidez sencilla; un corto ruso (...) hipnótico y bello; una crónica política chilena dispersa pero valiente; un chiste finlandés tontuno y sutil; una coming of age tale australiana clásica y emocionante; y una video-danza holandesa que era un alarde, pero un alarde incontestable. Tal vez el nexo de unión entre todos ellos era unicamente la inteligencia. Inteligencia en la mirada e inteligencia en la técnica. Gracias a eso, milagrosamente, mi mente ha desconectado y ha conseguido viajar.

Es muy importante nutrirse con una buena alimentación cultural, variada, selectiva, fundamentada. Me sorprende lo corto de mis miras; después de años y años viendo los cortos que se hacen a nuestro alrededor uno podría pensar que, generalizando mal y pronto, tan solo existen dos tipos de cortos: El chistecillo gracioso con ritmo y, a ser posible, niños. Y el corto serio, enquilosado, mejor si es "concienciado politicamente"(que es lo mismo que decir bien-pensante y salva-conciencias) y, casi siempre, pueril. Que no se ofendan mis colegas de la cámara más cercanos y aquellos que se desmarcan de estas tendencias, sabeis que esto no va por vosotros.

Apenas dos dias en esta pequeña ciudad civilizada ha puesto en evidencia lo sesgado de esta perspectiva. Ese es un lujo que no nos podemos permitir.

Hay que pensar en grande. Hacemos cine internacional. Como mínimo esa debe ser nuestra meta.




Das Lietchte Leben, Christina Schiewe


Ya no toca pensar en hacer un corto como camino al largo, eso ya lo sabíamos, pero tampoco como forma de ponerse a prueba. Me ha quedado bien claro que, con las coordenadas del corto, se pueden hacer obras completas, cautivadoras, profundas y ricas, sencillas y concretas, grandes, redondas.

Volveré a Clermont-Ferrand el próximo año, más días si puede ser. Es un buen lugar para crecer.









POST DATA



Por cierto, no soy mucho de recomendar pelis masivas desde el blog, para eso ya hay otros canales, pero como me da la sensación de que no está creando la expectación que se merece, rompo una lanza a favor del último trip de Sean Penn. Cine clásico, colega. Si tienes la vejiga incontinente o eres un postmoderno más chanante que otra cosa mejor ahórratela, pero si te quedan unas gotas de idealismo incorruptas en las venas pégate el gustazo. Esto sí que es buena mierda.