Desayuna con Sarita (cuatro)



Cuando Don Drummond toca el trombón es como si la lluvia cayera sobre tu cabeza y las ondas expansivas se multiplicaran dentro tuyo en color verde, violeta y naranja. Coge cualquier atisbo de melancolía de entre la arena de tus pulmones y lo obliga a volar y a bambolearse, a sacudirse el moho. Y sabes que everything is ready and steady. A Don Drummond se le considera uno de los cinco mejores trombonistas de la Historia, y no lo digo yo, lo decía George Shearing, el pianista de jazz, y era además, o principalmente, miembro fundador y creador del smashing sound de los Skatalites, la banda musical que sentó los cimientos de lo que iba a ser la revolución jamaicana que cambiaría la historia de la música del siglo XX as they knew it. Esto es antes de que Lee Perry y Bob Marley se conocieran, antes incluso de que sonara por primera vez lo que luego se vino a llamar Reggae. Esto es cuando aún se estaba creando el Ska como el embrión latente de un gigante que aún no es consciente de serlo.

Y cuando yo escucho a Don Drummond jo vull viure. Pase lo que pase. Cuando escucho a Don Drummond todas esas cadenas que me pesan no desaparecen pero se hacen invisibles y es en esos momentos en los que sólo quiero estar y disfrutar de tener suficientemente vida como para tener aún un poco de ritmo. Y está claro que nada ha llegado tan profundo a la conciencia como el roots, pero para llegar al enzarzado espiritual del dread primero hay que venir de la alegría de vivir ingenua y vital de un rude boy. Y eso es lo que era Don Drummond, un boy muy rude que seguía abiertamente a Rastafari en un temps d’un pais en el que eso aún estaba mal visto, y que tenía serios problemas mentales de psicosis y esquizofrenia. Pero que cuando tocaba el trombón lo petaba. Dinamita. Y por eso Tommy McCook le busca para formar parte de los Skatalites. Y se hacen famosos en cero coma y no paran de hacer bolos aquí y allí y, claro, Don Drummond es un ángel al trombón pero li falta un bull cuando se lo quitan. Y al final the shit hits the fan cuando el uno de Enero de 1965, después de un concierto de fin de año, que los fines de año ya sabemos que son muy malos para estas cosas, no se le ocurre nada mejor que hacer que meterle tres o cuatro puñaladas en el corazón a su mujer, la bailarina exótica Margarita Mahfood, para luego decir en comisaría que no, que esos tajos profundos en el pecho se los ha hecho ella misma, en un ataque de rabia.

A good ol’ Don le encierran en un manicomio y al poco tiempo muere. La versión oficial dice suicidio, la versión de la gente dice un padre paga para que venguen la muerte de su pobre hija a manos de un músico loco.

Pero cuando escucho a Don Drummond yo tengo ganas de bailar y de follar pero que muy muy a gusto.

Y no será por nada que más tarde sus viejos amigos de los Skatalites recordaran al maestro cantando eso de que Don Drummond was the man with the big trombone.

Toco el anillo anticonceptivo que Clara lleva dentro de su coño con la punta de mi polla. Se está mirando en el espejo, agachada, y luego mira mi reflejo, mientras la voy cabalgando algo poseído, o bastante, no me voy a engañar, bastante poseído.



Estoy de pie y tengo que ponerme de puntillas para metérsela bien broader than broadway. Ya hemos cogido el ritmo, do you remember the days of slavery, y me pierdo viendo el vaivén, o la falta de vaivén mejor dicho, de sus pechos perfectamente redondos como pequeñas pelotas de basket, oh, slavery days, pechos fuertes ajenos, a otra cosa, a otro ritmo, orgullosos. Sus piernas, delgadas y oscuras, com canyes de sucre moreno, abiertas y dobladas, temblorosas, y su coño jugoso y así con la boca como sorprendida. A su cara no la miro, porque no para de jadear y de decirme guarradas del palo “¿Así me follas tú? ¿eh?, ¿así me follas tú?” y así lo único que va a conseguir es que me corra antes de tiempo, así que vuelvo a mirar sus pechos de granito que son de por aquí lo que más me ayuda a concentrarme. La verdad es que había decidido no volver a ver a Clara, al menos no en esta postura, no porque no me guste ni me lo pase bien con ella, sino porque obviamente no la quiero, no siento nada destacable por ella más allá de que me ponga más que bruto, and I had come to the conclusion de que mi espíritu me estaba demandando dejar atrás este malgastar la energía sexual en encuentros con gente que en el fondo no me importan. Esta trampa de Babylon del sexo como un resorte de placer inmediato al que acudir siempre que te invade la frustración es más peligrosa de lo que parece. Nos hace esclavos. Y nos mata el alma. La energía sexual es algo demasiado poderoso, tratarla como un fast-food sólo te hace más vacío. Y además no hay vuelta atrás: Cada mala semilla que plantas es una zarza de la que luego tendrás que desenredarte. Por eso hace tanto tiempo que no puedo quedarme a dormir con ninguna de las chicas con las que follo. Y por eso había decidido que no iba a volver a ver a Clara. Y es probable que ella lo hubiera intuído, oh, slavery days, porque casi no había cerrado la puerta y ya me estaba poniendo un poco de MDMA en la boca, y de eso también me había decidido a alejarme, you know I’m serious about it, my lord, pero hoy me iba a venir bien para saltarme ciertos prejuicios y hacer lo que hoy tengo que hacer. Creo que voy a correrme. ¿Qué será, me pregunto, qué será en estos momentos de esa chica de sonrisa serena, Sarita y como debe ser, me pregunto también, hacerlo con una mujer que es inválida de cintura para abajo?

Y me corro.

Clara se estira entre las sábanas, está en el otro extremo de la cama, sólo nos tocamos con los dedos de los pies. Debe tener ya cuarenta. Podría perderme mirándola. No van a moverse ni de coña esas tetas. Creo que soy un tío guapo. La verdad es que sí. Entra un golpe de aire. Guay.

Soy un tío muy guapo.